Siempre he reconocido en el dibujo una acción autobiográfica. Hay en él un destino íntimo, que no busca una comunicación como las demás artes, sino que es el rastro, el registro de la acción, que el dibujante ejecuta a la hora de dibujar. Desde su nacimiento es concebido como un acto de amor, lo inventa una mujer de nombre desconocido, hija de Butades de Sición, que recurre a la sombra, la que se hace visible por la luz del sol o de una vela, para delinear y conservar la silueta del hombre que ama y de quien tiene que despedirse. El dibujo nace entonces como un arte del enceguecimiento.

Hay una razón por la que la luz condena a un ciclo constante de iluminación y ocultamiento a mis dibujos: el olvido, pero también, el encuentro renovado de lo que ya no está allí, lo que oscila entre la aparición y la desaparición, el misterio de la percepción y el poder de la ceguera. Es una repetición que siempre trae un momento diferente y una percepción diferente sobre lo mismo.

Punto. Punto. Punto.
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